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martes, 22 de febrero de 2011
Si empiezo por ser franca diré que estoy hasta los cojones. La verdad es que no sé muy bien de qué, pero esa es la respuesta que se me ocurre a ninguna pregunta en concreto. Hay un capullo que me ha escrito que uno de mis poemas está escrito en primera persona por una prosti de lujo sacada de un programa de TV de mierda. Reconozco que ha tenido su gracia, aunque habría tenido más gracia que lo hubiese escrito sin faltas ortográficas. La cosa está en que yo nací entre clavo y escoria, en los límites del limbo donde un paso más allá te lleva al más oscuro sin sentido. Puede parecer una queja de prosti de lujo, pero no lo es, yo nací en una calle en la que las botellas verdes rotas del suelo forman los arcoiris de sueños de sus vecinos. Literalmente. Y de esto, señores, no me di cuenta hasta que no fui adulta, así que no es una queja. El barrio es el barrio, siempre lo fue y lo será, y no me roban porque pertenecería a su basura aunque me vistiera como Audrey Hepburn, aunque está por ver si no me roban últimamente porque ahora ya no se respeta ni la confraternidad entre gente del mismo lodazal. En cualquiera de los mundos posibles que se me hubieran podido presentar me encuentro siendo otra persona, me encuentro siendo un doble de mí misma. En este mundo, es difícil saber quién cojones soy, por qué me tiemblan las piernas cuando me van a contar algo gracioso o cuál es la razón por la que, a veces, detesto a las personas.
martes, 25 de enero de 2011
Hay secretos perversos emparedados en mi habitación, la silueta de sus formas se vislumbra si miras bien al lugar exacto donde se esconden, allí tras la pared sangrante. Destruir lo que uno más quiere, aún a sabiendas, es un comportamiento típicamente humano, muy inhumano. Hace poco llegué a la conclusión de que uno debe quererse muy poco u odiarse mucho para hacerlo. El pasado es tan negro y me ha querido tanto que hoy, lo repudio. Intento que no explote en mis palabras ni en mis acciones, pero mi boca es un embudo sin dientes, mis dedos son de inútil pianista sin ejercer. Guardo tras la pared un profundo celo que me inunda, un gato negro al que quise mucho y ahorqué. Ahora chilla su espectro pidiendo clemencia. Tarde o temprano lo descubrirán, alguien escuchará sus delirantes maullidos cuando, orgullosa, crea que, por fin, os he tomado el pelo a todos.
domingo, 2 de enero de 2011
Teníamos doce años y yo era muy estúpida. Salíamos juntas todos los recreos para jugar en los pinos, siempre estábamos solas y los profesores se nos acercaban de vez en cuando para intentar que nos socializáramos con los demás críos que solían jugar a cosas normales como el fútbol o demás chorradas. Se nos consideraba mayores para jugar a algo que no fuesen deportes. Nosotras éramos especiales, jugábamos a imaginar almas en pena vagando en plena calle con el inquietante ruido de las palomas de fondo, jugábamos a ver muertos debajo de las grietas del suelo del colegio. Pronto dejamos de fiarnos de los curas y nos volvimos ateas. Tú eras mucho más inteligente que yo, incluso ahora lo eres, y eso que las dos hemos cambiado. Nunca me perdonaré aquel día en el que nos sentamos en el banco de al lado de mi casa y te dije que no quería ir más contigo en los recreos. Yo quería ir con aquellas gilipollas de doce años que parecían putas y sólo se preocupaban por los chicos y quería ir con ellas porque eso era "lo normal", lo que todo el mundo consideraba "normal" de cuando se tiene doce años. "¿Doce? ¿Ya tienes doce? ¡Si eres toda una mujer, nenita! ¿Tienes ya novio? ¿Has besado a algún chico? ¡Si ya tienes el periodo!" A veces la gente es tan racionalmente costumbrista que está loca, y no quiero excusarme, pero ya he dicho que yo era una cría estúpida, con la regla y las mismas tetitas que tengo ahora. Y te dije que quería ir con esas zorras y que ya no iría más contigo. Te pusiste a llorar, no pude hacer nada para consolarte. En los recreos posteriores a áquel no supe nada de ti, sólo tenía conversaciones absurdas sobre niñas que besaban a niños en la boca, zapatillas nike y deportes a los que jamás supe jugar. Un día te vi en un recreo, habías hecho nuevas amigas y parecías muy feliz. Entonces me acerqué y, contra todo pronóstico, me presentaste a tus amigas con una sonrisa en la cara. Me uní al grupo rápidamente, por fin unas niñas listas con las que hablar de películas, libros y clicks. Tú nunca me lo has dicho, nunca me has echado nada en cara, ni una sola palabra. Sé que no tienes ira, ni rabia, ni rencor. Y sé que han pasado muchísimos años desde entonces, pero también sé que aún hoy, ese rechazo fue el principio de la distancia que sigue estando presente, de algún modo, entre nosotras.
Esto es lo que hay, cariño, me apetece escribir lo que necesito escribir. Lo de cariño ya sabes en qué tono te lo digo, levantando la cabeza e imitándote en ese gesto de chulería. Aún recuerdo con detalle aquella hostia que le metiste a mi primer novio. Yo estaba acojonadísima porque pensaba que un enajenado mental desconocido le había pegado porque sí, así sin más. Qué ingenua era, ¿verdad? Esas cosas pocas veces son gratuitas, sólo cuando decide actuar la suerte y áquel no era uno de esos días. En fin, imagínate, íbamos paseando por la calle tan felices porque íbamos a ver cantar a un heavy en la tele y luego seguramente a echar un polvo... y de pronto, viene un rubio y le da un puñetazo en la cara. Perdona, no eres rubio, tienes el pelo de tres colores, o cuatro contando el blanco. Después de atestarle esa hostia aún nos perseguiste hasta el patio, por suerte logramos esquivarte y cerrarte la puerta en las narices, pero coño, corriste rápido porque todavía le diste un golpe al cristal de la puerta que me dejó temblando. Cuando subimos a su casa me puse a llorar, él sangraba, aunque decía que pegabas como una nena. Eso yo no lo sé. Le pregunté por qué, quién y qué; y sólo supo responderme mentiras que me creí sin sospechar un ápice. Qué sangre fría tuvo el cabrón, qué idiota debía ser yo tras sus ojos. Luego vimos al heavy cantar, qué pareja tan feliz. Me pilló joven, muy joven, si no... me habría dado cuenta de quién era el malo.
londres
Todavía recuerdo tu grandeza de capital y la soledad de tus calles infestadas por el gentío extranjero. Las ciudades están vivas. Ten cuidado con los ojos de las brujas que pretenden arrebatarte el rostro por las esquinas, escucha los pasos rutinarios de los soldados muertos en el teatro, a cada hora, a cada minuto. Siente como la gente te rodea, te empuja cariñosamente, y te siente extraña y azabache. Siéntete más cómoda con la premonición de un puñado de gitanos bebiendo té a las cinco de la madrugada. Vi campos amarillos en lugar de soñados verdes.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
La navidad es como ese poema de Bukowski en el que relata lo triste de la sonrisa de su madre: "sonríe, Henry, sonríe". Todo es más húmedo y frío en navidad cuando no tienes guantes. Intentas acudir a las cenas y citas familiares con una sonrisa y es la sonrisa más triste que jamás han visto nunca. Y si no sonríes te preguntan: "¿por qué no sonríes? Si es época de sonreír". A mí me revienta que haya una época de sonreír. Intento mantenerme firme, pero no puedo más que tiritar pensando en lo que viene. Sólo hay una época del año en la que los gritos y la culpa se multiplican por cinco. Sólo hay una época del año en la que siento miedo a parecerme a mis dobles. Y agarro mi humanidad lo más fuerte que puedo, pero se me escapa, es que se me escapa...
Aún recuerdo ese día en el que el amigo invisible de mi tía se gastó el dinero en alcohol. Luego vinieron los berridos, las amenazas, los animales y todo el Arca. Solucionó el tema con tres euros de golosinas, le dijo: "toma, tu regalo". Y todos contentos, y todos felices cantando villancicos, y yo parecía feliz también.
Aún recuerdo ese día en el que el amigo invisible de mi tía se gastó el dinero en alcohol. Luego vinieron los berridos, las amenazas, los animales y todo el Arca. Solucionó el tema con tres euros de golosinas, le dijo: "toma, tu regalo". Y todos contentos, y todos felices cantando villancicos, y yo parecía feliz también.
lunes, 20 de diciembre de 2010
¡Cuántas esperanzas teníamos en los números! ¡Cuánta belleza veía el médico cuando cogía el bisturí y abría por la mitad los cuerpos de las mujeres muertas! Esos riñones, esas vísceras, esos ojos en blanco y negro del siglo XIX. Todo lo que la ciencia no puede explicar es basura, sr. Vogler. Ni estética, ni metafísica, ni ética. El ser humano es un animal, un mono racional que coloniza tierras habitadas manchándose de su propia sangre. Ése es el verdadero sentido del Dios muerto, ¿y qué hay después? ¿acaso puedes ver algo sin tus ojos? ¿dónde está el artista que eres? Yo te lo diré: aprendiendo los valores de Belén Esteban. Esta vez ningún rey te sacará de pobre.
sábado, 4 de diciembre de 2010
morgue
Rutinariamente, intercambio sus pulseras identificativas, por lo general llegan tan demacrados que nadie les reconoce, así que me divierto viendo cómo sus familias lloran desconsoladas la pérdida de completos desconocidos. Al fin y al cabo, están muertos, no puedo hacer daño a nadie, la gente llora por trozos de carne sin vida, lo hipócrita es no aceptarlo. Mientras vuelvo de camino a la morgue, enciendo un cigarrillo y me pregunto si aquella anciana no estaría venerando en realidad la tumba del asesino de su nieta. Mi conciencia está tranquila, pero un escalofrío recorre mi espalda.
brujas y niños
Apenas se oye nada en el jardín de los cerezos, una mujer barriendo el hinojo canta sus celos y cuatro ojos la observan desde la casa de Gretel. La bruja de las siete lenguas ha roto a llorar ginebra al ver a los niños felices: crueles alimañas come azúcar, sucios pies rompe zapatos, ¡devolvedme mi escoba! Los dos juntos desde la ventana de algodón ríen sin pausa con dientes de aguja, el niño saca la lengua metiéndola en el ladrillo de menta, alzan el pañuelo rojo para despedirse. En el cementerio de la cebada se muere de pesar una mujer sin escoba: ya no barre el hinojo, ya no canta sus celos. Los niños han crecido, perversos ríen tras el castillo de huesos.
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